Día  9

El Hijo es el eterno santificador

habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo…

Hebreos 1:3d

No existe ningún elemento, obra meritoria, poder, influencia, sacramento, etc., que pueda santificar el corazón y el alma del ser humano impregnado por la presencia inherente del pecado. La Escritura en forma retórica lo afirma: «¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (Heb. 9:14). Solo el Hijo puede purificar al transgresor de sus pecados. Por dos razones simples y eternas.

Porque solo el Hijo es el purificador perfecto

El Hijo, quien desde el principio fue el instrumento de la actividad creadora de Dios, es también el instrumento de su voluntad salvífica porque es él quien ha hecho «purificación por los pecados»[1]. El participio «habiendo efectuado»es «Un término polivalente, a menudo sin un significado semántico preciso, utilizado en referencia a una amplia gama de actividades que involucran asuntos tales como traer algo a la existencia, hacer que algo suceda o simplemente interactuar de alguna manera con una variedad de entidades». Indica que el Hijo consumó la acción, es decir, realizó la purificación de los pecados siendo tanto el instrumento pasivo al derramar su sangre, como activo al santificar los pecados. Además, lo hizo «por medio de sí mismo» y para el beneficio de Su gloria. Él inició, completó la salvación y el perdón de pecados con su venida y sacrificio voluntario. Ratificando así que Él fue el medio y el instrumento de esta realidad. La frase preposicional «por medio de sí mismo» lo confirma. De manera que y en consecuencia se establece implícitamente que está es la única manera permanente de limpiar el pecado. El Hijo proveyó la fuente de purificación con Su sangre. Este concepto de «purificación» y en consecuencia expiación son traídos por intertextualidad del Antiguo Testamento. Recordándonos lo temporal de la limpieza otorgada por la sangre de los sacrificios de animales y, la necesidad de un santificador eterno (Heb. 9:22–26).

Porque solo el Hijo es purificador perpetuo

La frase «de nuestros pecados» es un sustantivo genitivo de contenido, que identifica y señala abiertamente la sustancia que caracteriza nuestra vida caída, y la realidad perenne de nuestra condición y la razón de nuestra condenación. El pronombre personal plural «de nuestros» (de nosotros) está en primera y en genitivo. Confirmando de esta manera que el pecado es una realidad en nosotros, en toda la humanidad caída. No somos buenos y estamos incapacitados para presentarnos delante de Dios, necesitamos su purificación de todos nuestros pecados para tener acceso al Padre.

Solo el Hijo hace la purificación perpetua de todos los pecados individuales de aquellos que siguen el camino del arrepentimiento creyendo en el único Salvador muerto, sepultado y resucitado (Heb. 7:25). Solo el Hijo trajo a la existencia el resultado de su muerte expiatoria, que es «la purificación de las conciencias de los creyentes (9:14) para que podamos acercarnos a Dios en adoración (10:19–22)»[2]. El fundamento para esta realidad es que, solo el Hijo fue el sacerdote y el sacrificio ofrecido en el altar de la Cruz para ser un purificador perfecto con el precio redentor de su sangre.

PAUSA/PIENSA/PÓSTRATE

·      La salvación no descansa en los méritos del hombre, sino en la gracia ofrecida del Padre, quien dio a su Hijo en muerte de Cruz para perdonar y limpiar el pecado del transgresor y condenado al sufrimiento eterno.

·      La purificación de pecados es para siempre, pero, es una realidad que debe demostrarse por medio de la santificación mientras estamos en este mundo presente esperando el mundo venidero.

·      Ser limpiado de los pecados más grotescos, vergonzosos y blasfemos debe ser el peso más noble que quebranta el corazón para doblar nuestras rodillas en adoración y gratitud.

Oración

¡Dios de toda gracia y misericordia! Gracias por tomar mi vida y limpiarla de toda obra muerta por medio del sacrificio perfecto de mi Salvador Jesucristo. Hecha una sola vez y para siempre. Mientras espero que regreses por segunda vez para consumar mi salvación y llevarme a la experiencia glorificada sin relación al pecado, ayúdame a alcanzar buen testimonio de tu purificación despojándome de todo peso del pecado que asedia continuamente. ¡Amén!


[1] Harold W. Attridge, The Epistle to the Hebrews: a commentary on the Epistle to the Hebrews (Philadelphia: Fortress Press, 1989), 45.

[2] Dennis Johnson, Hebrews. En Hebrews–Revelation: Vol. XII (Wheaton: Crossway, 2018), 33.

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